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Posted on Thursday, September 1, 2011
Posted at 7:32 PM
Posted at 7:32 PM
Verano, 2011. Cuando mi pelo tenía sólo un color y la gente me consideraba normal (antes de hablarme) por tener sólo un tono en el cabello. Ahora ya no, porque es castaño y va en degradé a rubio. Porque es extraño y me gusta ser extraña y que la gente piense que lo soy, y que me miren y digan: Oh, ella es linda. Pero extraña.
Porque yo pienso eso del resto y es genial. Aunque admito que me gusta más cuando piensan así de mí cuando hablan conmigo, que pasa todo el resto del tiempo.
Aunque no venía a hablar de mí, no como siempre. Sí, soy un ser egocéntrico. Lo tengo asumido y... oh, esperen, ya me desvié de nuevo.
Venía a hablar de un anciano. Más de uno, en realidad. Y sé que la imagen no tiene absolutamente nada que ver, pero ya ven, soy egocéntrica y me gusta mostrar fotos mías. Okno.
Durante el viaje a la Serena, otro anciano se sentó a mi lado aún cuando el asiento no le correspondía. Le sonreí, me sonrió, lo saludé y comenzó a hablarme de tantas cosas que no podría mencionarlas todas. Lo que me recordó a la vez anterior que hice el mismo viaje, porque otro anciano hizo lo mismo. Y no puedo evitar sacarme de la cabeza la idea de que tienen tanto de qué hablar porque el mundo no los escucha. Ni las familias, ni las personas en general. La sociedad está tan acostumbrada a pensar que los abuelos ya pasaron por su momento y que cuando su cabello se llena de canas y las arrugas les nublan la visión no son más que seres incompetentes. NO es verdad.
Y nadie lo ve. Nadie quiere hacerlo.
Me encantó escucharlo. A él y al viejito anterior. Me encantó que me hablara de sus nietos y de lo orgulloso que estaba y de lo que significaba para él que los estudiantes lucharan por una educación gratuita.
Me encantó que se abriera tanto conmigo incluso sin conocerme. Pero también me dio pena, por lo que ya mencioné. Tienen demasiadas historias, anécdotas, pensamientos y deseos que se guardan porque nadie parece querer escucharlos o siquiera mirarlos. En la calle un anciano pasa tan desapercibido como un vagabundo tirado en una esquina. ¿Desde cuándo nos volvimos tan inhumanos? ¿Desde cuándo nos volvimos ciegos? ¿Desde cuándo los ancianos se convirtieron en una especie de carga?
Merecen respeto. Merecen cariño. Merecen estar rodeados de hijos y nietos sentados con ellos en un sofá color verde moco mirando la televisión y riendo de las ocurrencias de los niños. Merecen muchas cosas que no les damos porque estamos muy ocupados pensando en nosotros mismos y en lo que la televisión y el resto de personas nos han enseñado.
No sé, quizás exagero y todo. No sería extraño. El caso es que adoré a esos dos ancianos. Y a todos. A los que me topo en el colectivo y ayudo a bajar porque sus ancianas piernas no les permiten hacerlo por sí solos. Y me duele, de verdad. Y desearía que ninguno de ellos tuviera que volver a caminar y que tuvieran un auto y chofer y que ni siquiera tuvieran que pedir por las cosas. O un jet, mejor.
Sé que la sociedad no cambiará, y que en realidad nadie leerá esto. Pero al menos sé que me desahogué y que yo seguiré hablándoles y sonriéndoles y bromeando con ellos por mucho que el resto me diga que es extraño y que pierdo el tiempo.
Me.dan.igual.
Yyyyyyyyyyyyyy no sé (: ahora me bañaré y pensaré que uy, cuando sea anciana seré TAN REGIA]! (no tiene nada que ver)
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